jueves, 25 de octubre de 2012

Creo que no son 21, sino que 4.

Los años en muchas ocasiones no sirven como se piensan que podrían servir, las personas que ya no están siempre nos harán falta, ya sea que hayan partido hace 20 años o hace 3.  El dolor, eso sí, se va mitigando cuando los días van transcurriendo, en ciertas ocasiones vuelve a la mente una ráfaga de recuerdos, egoísmos y desesperación porque ese ser ya no está, no obstante somos un animal de costumbre y siempre nos terminamos "acostumbrando" al sentimiento de abandono. 

Un profesor muy admirado para mí nos dijo en una de sus clases de literatura que el dolor nos hacía vulnerables, débiles, perdíamos todo poder que pudiésemos haber tenido en alguna ocasión.  No creo que esta aseveración se aleje mucho de la realidad.  Precisamente ayer asistí al funeral de otro profesor de literatura, oír la voz de su hermano quebrándose cuando leía unos poemas que había escrito para mi profesor, ver y oír a su hijo entre sollozos tratando de agradecer la asistencia de todos los presentes y ver a su madre, una señora con su pelo blanco, su bastón en mano y sus ojos serenos me hizo sentir que somos unos seres tan débiles si alguien que amamos se nos va.  

Han pasado 21 años desde que mi padre se marchó, y digo que se marchó porque para mí durante muchos años fue un terrible abandono, simplemente un día ya no estaba en casa y nunca más lo volvería a ver, y además no se despidió de mí, no me dijo que no volvería, yo sólo tenía 4 años y lo único que pude ver era que mi papá ya no estaba y no vendría, porque yo lo esperaba pero nunca llegó... a veces pienso que mi verdadero luto lo he vivido recién hace unos 4 años y no hace 21. 

Cada cierto tiempo, cuando tengo algún problema o dolor tu recuerdo y la necesidad de tenerte acá conmigo se hace más fuerte, casi afixiante.  Como hijos siempre vemos a los padres más fuertes que uno, más firmes y capaces de sobreponerse a todo, vemos sus brazos como una gran cobija que nos aislará del dolor.  

Entre rabia y dolor me paso en esos instantes en que siento que me haces falta, entre incoformismo e incertidumbre oscilan mis pensamiento y todo porque no me explicaste que te irías para siempre y que ya no te volvería a ver nunca más.


martes, 21 de agosto de 2012

Ahora ya no soy sólo yo


He entrado a una nueva etapa de mi vida junto a un ser que siempre quise, durante casi 10 meses anhelé vivir momentos así junto a él pero por diversas circunstancias de la vida no se habían podido realizar.  Hemos pasado muchas cosas juntos, discusiones, risas, llantos, alejamientos, acercamientos y sustos, en este tiempo traté de sumergirme en su interior, ese interior sellado y cauteloso que lo caracteriza, pero yo sabía que allí yacía un hombre hermoso que por cuestiones ajenas a él habían forjado una coraza difícil de penetrar. 
Aprendí a conocerlo, a quererlo así tal cual, a valorarlo, a contemplarlo mirando sus ojos tratando de descifrar que era lo que sentía su alma temerosa. Ya al tanto de todo lo que tenía que saber me fui enamorando de él, de sus berrinches, de sus enojos, de sus fruncidas de entrecejo, de sus sonrisas tímidas, de sus bromas, de sus cariños y juegos, estoy frente a un hombre que a veces se convierte en niño. 
Cuando traté de alejarme de él por confusiones del destino, lo intenté con todas mis fuerzas, pero siempre había algo que me decía que algún día las cosas cambiarían y tal vez serían distintas.  Una pequeña llama de esperanzas me mantenía viva la ilusión de poder besar sus labios una vez más, de sentir su aroma cálido, de sentir el roce de sus manos grandes, suaves y acogedoras, de mirar sus ojos ahogándome en un placer infinito de búsquedas internas de incógnitas.  Con el correr del tiempo las esperanzas iban decayendo, pero de vez en cuando él hacía algo que me inquietaban, removían la tranquilidad de mis aguas quietas y surgía en mí nuevamente ese sentimiento de amor a ratos tormentoso.  Cada lágrima que derramé por él no fue en vano, y ahora lo sé, cada sollozo de tristeza y desgano tenía su por qué, cada momento en que sentí unos deseos enormes de borrarlo de mi memoria marcaron poco a poco, y sin saberlo, el amor que le tengo ahora.  La paciencia que una vez pensé que había perdido, seguía intacta en mí, sólo estaba esperando que él volviera, que volviera para no irse más. 
Aquel viaje tanto físico como mental que emprendimos a una tierra virgen de malos momentos fue el comienzo para un nuevo presente, cada día que desperté a su lado y pude contemplar su rostro limpio, quieto, transparente me hizo dar cuenta que lo que una vez sentí por él jamás había fallecido en los abismos de la incomprensión, ahí estaba todo a flor de piel, listo y dispuesto para renacer de las cenizas y abrirse a un nuevo fututo incierto, pero junto a él.
Ahora vivo lo que tanto esperé, camino de su mano por un camino hermoso, no tengo miedo, no tengo dudas, nada me inquieta, su voz me calma, sus palabras me dan aire y sus ojos me dan paz… todo lo que pude necesitar, ahora él me lo da y no quiero que esto cese en mucho tiempo más.